De esas veces que ves que en realidad
no tienes a tanta gente. Que las dimensiones de tu soledad son tan inabarcables
que te quedarías sin voz a base de gritar antes de que nadie te oyese. Empiezas
a sospechar que poco importas cuando pasan los sábados y ves que nadie te llama
nunca para salir, aún a sabiendas de no ser el tío más divertido del mundo. No
quieres ver la realidad cuando la gente pospone una y otra vez esa cerveza
programada, te quita un café que esperas con muchas ganas o directamente
prefiere dejarte para luego por otras personas, que han hecho mucho menos, y
que conocen de mucho menos. Pero realmente te das cuenta cuando ni siquiera en
el día de tu cumpleaños esas cuantas personas que consideras tus mejores
amigos, tus apoyos más imprescindibles, no son capaces de hacer un pequeño sacrificio
por acompañarte ese día, aún sabiendo que lo celebras por primera vez en años,
pues era en este cumpleaños cuando creías que de verdad tenías a alguien a
quien llamar amigo. Pero lo único que he tenido ha sido desinterés y un puñado
de excusas baratas para no tener que asistir.
Y por supuesto, la culpa es mía. Por ser
un incrédulo, por no hacer caso a las señales que lanza el alcohol y que
indican que no eres nadie en la vida de nadie. La culpa es mía por ser un
idiota, un idiota que piensa que todos aquellos que comparten barra con él un
sábado por la tarde son amigos, y lo cierto es que ninguno de ellos se acordará
de ese tío que bebió con ellos y que llegó a su casa igual de solo que llegó y
un poco más borracho, borracho no sólo de cerveza, no de alcohol, al menos no
del todo, borracho de soledad, de tristeza y de desánimo. No habrá cafés de
domingo, ni tardes de cocinilla, no habrá vacaciones en la playa y cuando
llegue el fin de año, nadie se acordará de ese “feliz año” que espero con la ilusión
de un niño pequeño.
Quizá un choque a cien por hora no
estuviese tan mal. Nadie sabría de quién es la sangre de la carretera. Nadie sabría
quién era el cadáver del asfalto ¿Cómo podrían llorarme si nunca quisieron reírse
conmigo? El motivo sería un misterio pero cada uno se sabría culpable.
¿Qué coño hay dentro de mí que les
resulta tan odioso a todos? Es una pregunta que me hago a menudo. Creo que de
haber nacido cincuenta años atrás yo sería unas de esas personas no deseadas
que se ocultaban en los desvanes polvorientos.
Para el resto no soy más que un
fantasma, un espectro al que no hacer caso pues no tiene nada interesante que
ofrecer. Creo que debo estar tan podrido por dentro como una bolsa de basura
acumulada en un vertedero.
No encuentro ningún lugar ni ninguna
persona que sea para mí, porque ningún lugar ni ninguna persona están
dispuestos a acogerme.
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