martes, 16 de diciembre de 2014

Ningún lugar.



De esas veces que ves que en realidad no tienes a tanta gente. Que las dimensiones de tu soledad son tan inabarcables que te quedarías sin voz a base de gritar antes de que nadie te oyese. Empiezas a sospechar que poco importas cuando pasan los sábados y ves que nadie te llama nunca para salir, aún a sabiendas de no ser el tío más divertido del mundo. No quieres ver la realidad cuando la gente pospone una y otra vez esa cerveza programada, te quita un café que esperas con muchas ganas o directamente prefiere dejarte para luego por otras personas, que han hecho mucho menos, y que conocen de mucho menos. Pero realmente te das cuenta cuando ni siquiera en el día de tu cumpleaños esas cuantas personas que consideras tus mejores amigos, tus apoyos más imprescindibles, no son capaces de hacer un pequeño sacrificio por acompañarte ese día, aún sabiendo que lo celebras por primera vez en años, pues era en este cumpleaños cuando creías que de verdad tenías a alguien a quien llamar amigo. Pero lo único que he tenido ha sido desinterés y un puñado de excusas baratas para no tener que asistir.
Y por supuesto, la culpa es mía. Por ser un incrédulo, por no hacer caso a las señales que lanza el alcohol y que indican que no eres nadie en la vida de nadie. La culpa es mía por ser un idiota, un idiota que piensa que todos aquellos que comparten barra con él un sábado por la tarde son amigos, y lo cierto es que ninguno de ellos se acordará de ese tío que bebió con ellos y que llegó a su casa igual de solo que llegó y un poco más borracho, borracho no sólo de cerveza, no de alcohol, al menos no del todo, borracho de soledad, de tristeza y de desánimo. No habrá cafés de domingo, ni tardes de cocinilla, no habrá vacaciones en la playa y cuando llegue el fin de año, nadie se acordará de ese “feliz año” que espero con la ilusión de un niño pequeño.
Quizá un choque a cien por hora no estuviese tan mal. Nadie sabría de quién es la sangre de la carretera. Nadie sabría quién era el cadáver del asfalto ¿Cómo podrían llorarme si nunca quisieron reírse conmigo? El motivo sería un misterio pero cada uno se sabría culpable.
¿Qué coño hay dentro de mí que les resulta tan odioso a todos? Es una pregunta que me hago a menudo. Creo que de haber nacido cincuenta años atrás yo sería unas de esas personas no deseadas que se ocultaban en los desvanes polvorientos.
Para el resto no soy más que un fantasma, un espectro al que no hacer caso pues no tiene nada interesante que ofrecer. Creo que debo estar tan podrido por dentro como una bolsa de basura acumulada en un vertedero.
No encuentro ningún lugar ni ninguna persona que sea para mí, porque ningún lugar ni ninguna persona están dispuestos a acogerme.

No hay comentarios:

Publicar un comentario