El viento en la cara es lo único que
me recuerda que aún estoy vivo. Un viento que noto recorrer cada centímetro de
mi rostro y sonroja mis mejillas por efecto del frío. Ese color que aún me
recuerda que queda algo de sangre en mi cuerpo. Al menos la suficiente como
para sentir el frío. El motor ahoga cada uno de mis pensamientos y mis
movimientos son automáticos, como si fuera un robot carente ya de cualquier
sentimiento. Muevo el pie para cambiar de marcha y giro la muñeca al acelerar. Las
líneas de asfalto se desdibujan y la gente desfila a los lados a toda
velocidad. Me pregunto qué sentirán cada uno de ellos. Cuántos serán felices,
cuántos estarán tristes. Cuantos beberán cerveza en una barra cualquiera preguntándose
el por qué de sus vidas.
Sigo acelerando y adelanto a un
coche, de sus ventanillas medio bajadas sale el humo que su conductor expulsa
riendo mientras habla con una chica bastante guapa. Durante unos momentos me
miran pero no hay tiempo para más. Otro conductor habla por el móvil y no ve
como la moto lo deja atrás, una familia en el tercer coche.
Un vehículo rojo y una conductora
joven de pelo medio rizado que escucha una canción de Fito mientras piensa en su
chico. Todos van a un lugar, tienen a alguien que les espera. Un motivo para
sonreír, alguien que se preocupa y les quiere. Yo en cambio sigo siempre en la
misma carretera, no hay cruces ni moteles, solo asfalto y el ruido del tubo de
escape. Imperfecta dicen que es la vida, yo creo que es implacable. No me sirve
ese dicho de “lo que siembres es lo que recogerás”, no recuerdo haber sembrado
decepciones, tristeza y soledad.
Hace mucho tiempo que esta carretera
no me enseña nada bueno, hace tiempo que no veo ningún lugar en el que parar y
descansar y pienso que quizá sea culpa mía por forjarme unas expectativas
demasiado altas. Siguiendo con las frases hechas se me ocurre esa “si no te
quieres tú nadie te querrá”, pero creo que es al revés ¿qué autoestima y amor
propio puedes tener cuando lo han pisoteado una vez tras otra? Tarde o temprano
todos se acaban marchando y nadie está para siempre, y cuando veo que eso se
repite siempre es imposible quererme a mí mismo. Algo debo tener que la gente
rechaza. No tengo amor ni cariño para nadie, los abrazos hace tiempo que los
perdí y los últimos te quiero que me quedan están esperando que alguien
demuestra de verdad que merecen salir de mi corazón.
Porque, después de todo, el único
beso que recibo sigue siendo el del viento, y es un beso helado como la muerte.
Casi puedo afirmar que ese beso precede a un abrazo, un abrazo que recogerá el
asfalto de esta carretera que no lleva a ninguna parte.
No hay comentarios:
Publicar un comentario