Desde que tenía diez años he querido una chupa y una Harley. Sentir
los kilómetros alejándome de cada pesar, de cada problema. Conducir por una
carretera desierta sin casco y con un cigarro en la boca. Saludar a los
amaneceres mientras dejo atrás un motel cutre y a un ligue de una sola noche. Cubrirme
bajo el cuero y tatuar mi piel con tinta negra para no dejar ver lo más oscuro
de mi alma. Lo único que busco es llegar a la siguiente parada y beberme otra
cerveza en la barra de un bar antes de irme a la parte de atrás con una tía a
la que acabo de conocer. Quitarle el sujetador con la misma maestría con la que
giro el acelerador y hacerle el amor contra la madera de la pared. Nada más me
importa, no hay pasado y no hay futuro.
Pero parece que los pensamientos negativos circulan a la misma
velocidad que mi moto, siempre los noto cerca, detrás o en paralelo, pero
siempre ahí, presentes en cada giro, en cada cruce, como unos ángeles oscuros
que me persiguen con sus constantes recuerdos, como si no tuviera ya bastante
con mi eterno complejo de inferioridad. A veces me pregunto si hago lo
correcto, sin con cada día que pasa soy mejor hombre de lo que era ayer. Cada
cigarro que se muere entre mis dedos en un principio que dejo que se convierta
en humo. Cada vez estoy más tentado de
parar en medio de la carretera, quitarme todos los anillos, el cuero y todo
aquello que ofrece una imagen de lo que no soy, y plantarme desnudo en el
asfalto a la espera del primer camión que quiera llevarme por delante. No
pasará nada, no soy un obstáculo muy grande. Sólo notará un ligero bache y nada
más. Al menos así podré descansar de verdad en un lugar donde los
remordimientos no me atormenten.
Estas líneas son el único lugar donde puedo ser sincero completamente,
sin temor a que nadie me juzgue o me señale. Aquí puedo contar la verdad y en
este momento mi verdad más plena es que tengo miedo. No un miedo que me deje
apartado en un rincón incapaz de reaccionar, aunque a veces es lo que quiero
hacer, un miedo que me guía por caminos cada vez más oscuros, de los que no
puedo salir. Un miedo del que no sé desprenderme, que me alienta a seguir. Cada
una de las decisiones que tomo son justo lo contrario a lo que quiero hacer, a
lo que debo hacer para ser mejor persona de lo que soy. Equivocarme y fallar es
algo que no puedo evitar, al igual que este miedo que impregna cada paso que
soy, lo llevo grabado en mi ADN. Intento alejar ese temor con cada kilómetro,
ahogarlo con cada cerveza, trato de apagar esos gritos internos a golpe de
acelerador y guitarra y matar a mi yo más profundo cada vez que me acuesto con
alguien a quien ni siquiera veo la cara.
Es en esta verdad, en estas palabras donde puedo afirmar lo solo que
me siento, lo perdido que me veo, la interminable desconexión en la que vivo,
como si no hubiese nadie que me permitiera de verdad hacer las cosas de otro
modo. Mejor. En lo más profundo de mí es lo que busco, sentir algo de verdad,
ver una cara que sea mía. Alguien que sepa ver más allá de la chupa y la Harley
que quise de pequeño.