martes, 17 de marzo de 2015

Miedo



Desde que tenía diez años he querido una chupa y una Harley. Sentir los kilómetros alejándome de cada pesar, de cada problema. Conducir por una carretera desierta sin casco y con un cigarro en la boca. Saludar a los amaneceres mientras dejo atrás un motel cutre y a un ligue de una sola noche. Cubrirme bajo el cuero y tatuar mi piel con tinta negra para no dejar ver lo más oscuro de mi alma. Lo único que busco es llegar a la siguiente parada y beberme otra cerveza en la barra de un bar antes de irme a la parte de atrás con una tía a la que acabo de conocer. Quitarle el sujetador con la misma maestría con la que giro el acelerador y hacerle el amor contra la madera de la pared. Nada más me importa, no hay pasado y no hay futuro.
Pero parece que los pensamientos negativos circulan a la misma velocidad que mi moto, siempre los noto cerca, detrás o en paralelo, pero siempre ahí, presentes en cada giro, en cada cruce, como unos ángeles oscuros que me persiguen con sus constantes recuerdos, como si no tuviera ya bastante con mi eterno complejo de inferioridad. A veces me pregunto si hago lo correcto, sin con cada día que pasa soy mejor hombre de lo que era ayer. Cada cigarro que se muere entre mis dedos en un principio que dejo que se convierta en humo.  Cada vez estoy más tentado de parar en medio de la carretera, quitarme todos los anillos, el cuero y todo aquello que ofrece una imagen de lo que no soy, y plantarme desnudo en el asfalto a la espera del primer camión que quiera llevarme por delante. No pasará nada, no soy un obstáculo muy grande. Sólo notará un ligero bache y nada más. Al menos así podré descansar de verdad en un lugar donde los remordimientos no me atormenten.
Estas líneas son el único lugar donde puedo ser sincero completamente, sin temor a que nadie me juzgue o me señale. Aquí puedo contar la verdad y en este momento mi verdad más plena es que tengo miedo. No un miedo que me deje apartado en un rincón incapaz de reaccionar, aunque a veces es lo que quiero hacer, un miedo que me guía por caminos cada vez más oscuros, de los que no puedo salir. Un miedo del que no sé desprenderme, que me alienta a seguir. Cada una de las decisiones que tomo son justo lo contrario a lo que quiero hacer, a lo que debo hacer para ser mejor persona de lo que soy. Equivocarme y fallar es algo que no puedo evitar, al igual que este miedo que impregna cada paso que soy, lo llevo grabado en mi ADN. Intento alejar ese temor con cada kilómetro, ahogarlo con cada cerveza, trato de apagar esos gritos internos a golpe de acelerador y guitarra y matar a mi yo más profundo cada vez que me acuesto con alguien a quien ni siquiera veo la cara.
Es en esta verdad, en estas palabras donde puedo afirmar lo solo que me siento, lo perdido que me veo, la interminable desconexión en la que vivo, como si no hubiese nadie que me permitiera de verdad hacer las cosas de otro modo. Mejor. En lo más profundo de mí es lo que busco, sentir algo de verdad, ver una cara que sea mía. Alguien que sepa ver más allá de la chupa y la Harley que quise de pequeño.

jueves, 5 de marzo de 2015

La carretera

Hace tiempo que perdí el rumbo de mi camino, que no soy capaz de encontrar mi sitio en ningún lugar. Me siento terriblemente solo rodeado de tanta gente y la única compañía que noto cerca de mí es la muerte que llevo tatuada en la espalda. Ya ni siquiera miro la carretera y el asfato me parece compuesto de frío hielo. Conduzco con los ojos cerrados sin ver las señales que me indican un accidente inevitable y el sonido del motor ahoga cada llamada de atención ¿Qué importa cuándo venga la caída? ¿qué importa cuánta sangre se derrame? Lo único que se moriría es un cuerpo vacío de alma. Sólo se rompería un corazón que ya he cosido muchas veces. Ni siquiera el golpe del viento en mis ojos a medida que acelero es capaz de humedecerlos, he perdido todas las lágrimas que me quedaban y con ellas han muerto mis sonrisas. Creo que me dolerían los músculos de la cara si intentase sonreír y si aún notase algún dolor.
No soy más que una cáscara vacía, un tercio acabado, no más valioso que las cenizas que se acumulan en el fondo de un cenicero cualquiera de un bar cualquiera.
Cada día que pasa se me escapa una nueva ilusión, como si la muerte fuese ya la última. Ni en la carretera ni en la bebida encuentro ya el consuelo. Como una canción que todos oyen pero que nadie escucha. Odio despertarme cada mañana por el temor a no poder andar. No podría aguantar una nueva caída y ya no soy capaz de ilusionarme por nadie ni con nada.
Me he mirado en un espejo de imagen distorsionada y me he cortado con los cristales de mi reflejo roto, aunque ninguna de esas heridas sean lo bastante profundas para causarme la muerte. Lo único que matan cada día es mi espíritu, al punto de hacerlo inmune al dolor sintiendo el amargo sabor de mi propia sangre deslizándose lenta por mi garganta abierta.
No sé cuántas palabras habré escrito ya, pero soy varias páginas más frío, más inmune. Si no me duelen mis heridas ¿Por qué habrían de dolerme las de otros? No suelto el acelerador para no ver el paisaje por el que circulo, porque sé que sólo está poblado por los fantasmas de mis propios recuerdos que se ahogaron bajo el peso de innumerables noches de alcohol y camas chirriantes.
Me siento un extraño en cada rincón, incapaz de adaptarme por miedo a lo que piensen de mí. Yo he sido siempre el olvidado, el objeto de las burlas y poco a poco me voy apagando como las llamas anaranjadas que consumen los cirios de los cementerios. No quiero que nadie me llore en muerte lo que no se pudo reír en vida. De todos modos nadie me echará en falta, pero no puedo evitar preguntarme si de verdad alguien lo haría. Vivo eternamente un funeral, un funeral que se celebra entre cerveza, rock barato, tabaco y algún que otro tequila. Un funeral en el que el muerto no termina de morir pero que tampoco sabe terminar de vivir.

miércoles, 14 de enero de 2015

Palabras



No sé cuánto tiempo pasará hasta que vuelva a escribir de nuevo algunas líneas en este lugar, ni en ningún otro. Las palabras que antes tanto consuelo ofrecían, tanto desahogo, ahora son como una prisión que me encierra, las palabras pueden ser si cabe más peligrosas que una bala, las palabras son capaces de causar más daño que el más fuerte de los puñetazos y sus cicatrices son mucho más duraderas. La resaca de lo escrito o pronunciado es infinitamente peor que la bebida más fuerte. Me gustaban, disfrutaba con ellas, eran una vía de salida a la triste realidad, y no sólo las que yo decía o transcribía en una hoja o en la pantalla del ordenador, no, también las que a mí me dedicaban. Todas ellas, las que me dedican, las que se callan, las que se pronuncian de vez en cuando y las que ya me faltan, son la causa de que ahora las tema. Las ansío, las espero cada mañana, cada tarde y cada noche, pero no llegan y tengo que ir en su busca con el miedo de lo que puedan decirme. Tengo miedo de las palabras, de cada frase, de cada párrafo. Me aterroriza lo que su mensaje pueda desvelarme.
No deja de resultarme paradójico que un puñado de letras unidas puedan ser las responsables de tantas cosas, pueden dar o quitar a placer, como si fueran jueces investidos de un poder infinito, dioses que nosotros mismos construimos y que se alimentan de todo aquello que pensamos o queremos.
Yo pensaba que era algo que podía controlar, que se me daba bien, que podía manejar las palabras casi a mi antojo, capaz de levantar grandes historias de algo que antes estaba en blanco, de hacer un final feliz o triste. En definitiva, yo pensaba que era dueño de lo que escribía. Pero creo que estaba equivocado, cegado por una virtud que jamás fue mía. Ahora desde la perspectiva del tiempo soy capaz de verlo. Nunca dominé lo que escribí, ni lo que escribo. Sólo son reflejos de algo que no puedo entender, de algo que tengo dentro que hace que me odie y me quiera a partes iguales. No puedo llamarlo alma pero a menudo intento darle un nombre. No creo en el alma ni entiendo cómo funcionan los sentimientos, no sé qué es la añoranza, ni la tristeza, ni la soledad, ni el afecto o el cariño. Sólo sé que los siento dentro de mí, como una bebida demasiado fuerte, como el humo del cigarro ajeno que sentimos escocer en la garganta.
Tengo aún infinidad de palabras en mi interior, que pugnan por salir y dirigirse a las personas que llevan sus nombres, pero no puedo dejarlas libres. Mostrar algo de esos sentimientos, buenos o malos, es igual de peligroso que acercarse una pistola cargada a la cabeza. No puedo dejar que esa sangre de letras salpique a nadie.
¿Si éstas son las últimas palabras? Sí, es muy posible, al menos hasta que vuelva a encontrarlas, pero la pregunta que me hago a mí mismo y a vosotros es ¿Dónde puedo buscarlas?

lunes, 5 de enero de 2015

Dudas.



Tengo la capacidad de crear historias maravillosas, en mi mente puedo crear un mundo idílico, puedo ver el amor, el cariño y ser feliz, puedo formar parte de algo importante, pero sólo es papel. Creo que me odio por ello, me odio por no encontrar ese modo de salir adelante, esa motivación por la que vivir. Es muy fácil morir por algo, lo difícil es saber porqué vivir. Buscar un motivo por el que levantarme cada mañana se ha convertido en un peso que no puedo sostener. A mi tristeza sólo la contrarresta mi ira, y tengo que luchar conmigo mismo para mantenerme sereno.
Cada vez me cuesta más seguir siendo una buena persona, un buen hombre ¿qué haría un buen hombre cuando siente que no tiene nada que perder? Quizá si consiguiera diluir esa línea que separa el bien del mal encontraría el camino. Todo depende de la perspectiva con la que mire las cosas, una perspectiva que puede guiarme a lo desconocido.
Todo lo que tengo, todo lo que creo que tener, y lo que no, cada cosa que poseo, de repente no tienen ningún sentido ¿Cómo puedo ser alguien diferente si ni siquiera sé quién soy ahora? Conceptos diferenciados como justicia y maldad ahora se desdibujan en una carretera de dudas y desesperación, cosas antes claras como sobre lo que está bien, sobre tener cierto límite, empiezan a no tener sentido. Siento que no puedo nada de lo que quiero hacer, de lo que tengo que hacer, sin ser un mal hombre, y el caso es que ya no me importa tanto.
He visto como la mayoría de la gente que he querido me ha dejado de lado, gente que siempre sabía cómo llevarme al buen camino, la persona que mejor me entendía y la que siempre tenía una palabra amable.  Ahora solo son recuerdos que se pierden entre las sombras que cierran mi camino. Desde entonces me siento perdido, como si tuviera otro aliciente de buscar el modo correcto. Me he encerrado en una burbuja de autocompasión y dolor y dejado las llaves fuera. Lo peor es que me da miedo que la abran, como si ese sufrimiento fuera lo único que tengo y temiera perderlo porque es lo que me mantiene cerca.
Amor, cariño, ternura, dulzura…todo un repertorio de palabras que ahora carecen de sentido para mí, como si evocarlas trajese engaño y traición.
Sería mucho más fácil sentir odio. Que al mirarla, al mirar lo que perdí, no sonasen en mi interior las notas de la añoranza. Últimamente siento que estoy envolviendo mi tristeza y mi soledad en un traje de actos violentos y reacciones salvajes, como si eso me permitiese engañarme a mí mismo bajo un falso caparazón de seguridad y la cara que la gente ve no se parece en nada a mi verdadero interior, un interior que lo único que está pidiendo es un te quiero sincero. Una muestra de cariño espontáneo.

jueves, 1 de enero de 2015

Un taburete y una soga en el cuello...



Estoy tan cansado que ya no distingo un día de resaca de otro normal, la normalidad son los días de dolor de cabeza, garganta seca y olor de tabaco en la ropa. Siento como si mi vida se sostuviese en el precario equilibrio de un taburete y una soga en el cuello. Siento que cualquier paso que dé está condenado a asfixiarme. Quizá fuese esa una salida demasiado fácil, una salida de cobardes, pero una salida al menos.
Se me ha olvidado reír y no encuentro a nadie que me enseñe de nuevo. Se me ha borrado la ilusión y no estoy seguro de volver a quererla. Lo único que tengo es la pantalla del ordenador que me devuelve una luz blanca y vacía y un puñado de canciones que suenan en la penumbra. No distingo las señales del camino ¿Cómo guiarme por un sistema que corrompe hasta al más puro? Empiezo a caminar por una carretera desconocida y que me da miedo, la carretera de la frialdad y el pasotismo. Tanto tiempo darme hostias que creo que ya estoy inmunizado. Al menos ya no lo expreso, todo lo que llevo, lo llevo por dentro y nadie tiene que simular interesarse por mí.  Creo que si estas líneas tuvieran consciencia propia ni siquiera se escribirían para no tener que ver la mierda que siento .
Las cuatro paredes del cuarto son a la vez terapia y cárcel y el mundo de fuera parece proseguir con su vida olvidándose por completo de mí, que no soy nada, que no soy importante. Podría pasar el resto de mi vida encerrado en la habitación y nadie me echaría de menos y lo único que hallarían dentro sería un cadáver con una bala en la cabeza.
Las atenciones pedidas de antemano empiezan a no tener sentido, a darme igual ¿qué valor puede tener una palabra amable que has tenido que rogar? Hasta lo más dulce puede convertirse en agrio.  Lo que antes nos daba la felicidad ahora nos la arranca.
De modo ¿a quién le importa si una mañana decido dar ese paso y tensar la soga?


domingo, 28 de diciembre de 2014

Estas putas líneas no son poemas, ni relatos ni cuentos...



Estoy en una fase de aprendizaje. Y no precisamente de esas cosas que te enseñan en el colegio. Tengo por pupitre la barra de un bar, por cuaderno una cerveza y la única compañía es la del humo del cigarro que sostengo entre los dedos mientras su sabor a ceniza impregna mi garganta. Sabor que mitigo a base de tragos. Los ruidos de la clase me llegan en forma de notas de rock, notas que hablan sobre amor, drogas y sexo. Lo único que puedo aprender hoy es que la tristeza también puede servirnos para aprender. Todo me parece oscuro y malo, tengo ese miedo en el cuerpo de la pérdida permanente. De no gustar, de que me fallen, de que me abandonen como hasta ahora ha pasado. Ya noto los efectos de una espera demasiado larga, de una espera que se prolonga tanto como estoy queriendo ¿pero qué puedo esperar de quién miente una vez tras otra tratando de servirse a sí mismo? Quizá el error de esta vez sea el de no plantarme, de no sacar ese orgullo del que tanto alardeo a veces.
Tengo miedo de todo, joder, cuánto estoy perdiendo. Estoy viendo que la hermandad no existe, y que decir hermano es otro modo de decir que estás muy abajo en la lista de personas. No hay más hermanos que los de sangre. No existe nadie para siempre. Y si es así, todavía no conozco a esa persona. En esta clase estoy descubriendo que los gestos cuentan, es lo único que cuenta, los buenos y los malos.
En esta ocasión me ha tocado ser el marginado de la clase, aquél del que todos se ríen y abandonan, y tanto es así que empiezo a hablar solo por charlar con alguien. Estas putas líneas que estoy escribiendo sin pensar no son poemas, ni relatos ni cuentos, ni las leerá nadie, pero me da igual, estas putas líneas son lo que estoy vomitando como una mala resaca. Una resaca que martillea ya durante demasiado tiempo sin que a nadie le importe una mierda. Se me han acabado los poemas y las escenas bonitas, se me han acabado las grandes novelas, ya no tengo nada. En los últimos meses se me ha ido todo lo que podía tener dentro, ahora sólo hay alcohol y un cuerpo del que me avergüenzo que se muere de tristeza. Si toda la vida es así, prefiero ya la salida de la bala.
Cuántas amistades de bares veo…y qué pocos de esos son amigos.
¿Por qué tuve que venir a un mundo en el que no encajo? ¿Por qué la pérdida de sangre no fue un poco mayor en uno de los accidentes? ¿Para qué coño tengo que estar aquí si a nadie le importa una mierda mi vida?
Estas putas líneas son mi puta vida.